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Nidos para Lectura

August 22, 2007

El papel de los padres en la formación de lectores.

 

El sentido de la Lectura.

 

Autor: Yolanda Reyes

 

En el hogar (primera escuela) se aprende lo fundamental para la vida: los valores, las actitudes, los modos de ser, de sentir y de pensar, la manera de mirar; donde aún no han llegado las innovaciones de la tecnología.

 

Y es en ese ambiente donde crece la gente sin necesidad de planifica. Por eso, hablar de lectura en el hogar es diferente a hablar de la lectura en la escuela.

 

Los padres no son maestros sino padres y esta afirmación temeraria vale para todos los asuntos de la vida, incluyendo, por supuesto, el ámbito de la lectura.

 

El hogar proporciona el contexto, el para qué; el hogar es el nido en el que la lectura encuentra o desencuentra eso que se llama un sentido primordial. Creo que es ahí, en la revelación de ese sentido primordial, donde ubico el papel de los padres como insustituible e indelegable. La escuela puede y debe encargarse de los estilos y de las técnicas; para hablar en términos de lectura, debe enseñar el manejo y los trucos del código, vale decir las mil y una técnicas de la decodificación, desde prekinder hasta un décimo. Pero la idea de la lectura como un acto de desciframiento vital es un asunto que comienza en la casa y que está ligado a los orígenes de los seres humanos, a sus historias familiares y viscerales, a los hilos de la memoria, que los enredan en una trama de significados, mucho más allá del lenguaje escolar.

 

Para hablar del papel de los padres en la formación de los lectores, es aconsejable partir de una búsqueda personal, empezando por el principio, que somos nosotros, y no por el final, que son los niños.

 

Trataré de exponer el papel que juega el entorno familiar en ese complejo proceso de desentrañar sentidos que transita un niño y que, para simplificar, llamaremos “lectura”.En términos generales, vamos a mencionar tres grandes momentos o etapas en ese proceso. La primera es aquella en la que el niño no lee, sino que otros lo leen; la segunda es aquella en la que lee con otros y la la tercera es la del lector que lee solo. Al final de estas etapas encontraremos un lector autónomo y quizás, si todo resulta bien, un lector adolescente que no sólo prescinde de los padres, sino que lee, a escondidas de ellos, sus propios libros.

 

LAS PRIMERAS ETAPAS EN LA FORMACIÓN DEL LECTOR

 

1. Yo no leo. Alguien me lee, me descifra y escribe en mí

 

El hecho de nacer nos sitúa ya de lleno en un universo de palabras, de símbolos y designificados. Para el recién nacido, ese mundo de significaciones es un parloteo indescifrable e ininteligible que empieza a cobrar sentido sólo en la medida en que aparece alguien que lo lee, que lo descifra y que funda en él los primeros significados. Es la madre, con su alternancia de presencias y ausencias, de ires y venires, la que le imprime significado al llanto de su bebé, tan parecido al de cualquier animal.

 

De manera que nos hacemos partícipes de la comunicación humana y entramos al mundo de lo simbólico porque hay alguien que nos lee y que escribe en nosotros los primeros textos, las primeras claves de significación. En esa primera etapa de la vida, tenemos contacto con muchos textos de lectura.

 

En primer lugar, están los libros sin páginas, todo ese torrente de tradición oral que los padres recuerdan. Quizás la rescatan del fondo de su memoria, de lo que a ellos les cantaron y les contaron y la reescriben en sus hijos. Esa poesía de la primera infancia, que recuerda los ritmos del corazón y que casi los imita, es rimada, aliterada, rítmica, repetitiva y prosódica.

 

Lo que cuenta aquí son la sonoridades, las repeticiones, las alternancias, ese poder mágico de la palabra que va y viene, que canta, que nos envuelve en la sonoridad y que nos sitúa en posesión de lo poético.

 

El aprendizaje poético que se da en el hogar no habla de ritmo ni de métrica ni de rima, pero habla de la esencia de la poesía que es esa posibilidad de trascender la vida real, de transformar los significados literales de la comunicación utilitaria para crear otros universos connotativos en los que las palabras adquieren otros valores, otros significados, otras sonoridades. Debe ser por eso que, valiéndonos de otro lugar común, se dice que los poetas y los niños se parecen.

 

Tan pronto como el niño se sienta, aparecen también los primeros libros de imágenes. Son libros sencillos, quizás sin palabras que cuentan historias o muestran objetos cercanos a la experiencia de ese niño pequeño. De nuevo, son los padres quienes introducen al niño en otro orden simbólico, que es el mundo de los libros. Un padre o una madre que sienta a un bebé en las piernas mientras le lee un libro de imágenes, está diciendo también muchas cosas sobre la lectura. Ese discurrir que se da siempre en la misma dirección será luego el espacio de la lectura alfabética, eso que los maestros de preescolar llaman “la direccionalidad” en sus ejercicios de prelectura.

 

2. Segunda etapa: Yo empiezo a leer con otros

 

 

Durante esta etapa los padres deben demostrar permanentemente que ese sentido básico de la lectura, experimentado durante la primera infancia, se mantiene, a pesar de las dificultades temporales que implican el aprendizaje y el dominio progresivo del código escrito. En primer lugar, es importante hacer sentir importantes a los hijos que se inician en la lectura.

 

En palabras de FrankSmith, esto significa “darles la bienvenida al Club de los Alfabetizados”. El que ingresa a ese “Club”, debe ser visto y tratado como un interlocutor que ya puede comunicarse con otras personas cercanas y lejanas por medio del lenguaje escrito. Así su lenguaje sea aún precario e incipiente, es posible proponer alguna tarea sencilla en la que pueda usarse la lectura con fines prácticos. Así como no empezamos a caminar o hablar haciéndolo perfectamente, empezamos a leer y escribir con inseguridades y balbuceos. Es más: sin ese proceso experimental de ensayo y errores imposible aprender a leer.

 

Además, en segundo lugar, resulta fundamental continuar leyéndoles buenas historias, sin abandonarlos en la mitad del camino. No debemos suspender la magia de las historias por el hecho de que un niño ya maneje el código elemental de la lectoescritura. Al contrario, un padre leyendo de viva voz es el mejor modelo para un lector que se inicia, pues le enseña mucho sobre la lectura a su hijo: las pausas, las entonaciones, los matices de la voz ligados a los sentidos. La entonación es algo que se construye mediante un diálogo con los sentidos de un texto; un diálogo en el que participan el lector y el texto y que siempre hay que ir desentrañado. Tiene mucho que ver con el lenguaje oral y, así como aprendemos a entonar oyendo a otros, aprendemos a prestarle nuestra voz a una lectura, escuchando a nuestros lectores mayores, a aquellos que tienen experiencia en prestarle su voz a los textos.

 

En tercer lugar, es importante asegurar que se mantenga viva la fe en la magia de los libros y en sus poderes de desciframiento. Esta es la razón más poderosa para seguir compartiendo el placer de leer en voz alta con los niños, mientras ellos adquieren el dominio progresivo para entender a cabalidad las historias que su corazón les pide. De ahí que los padres sigan siendo necesarios para leer historias complejas y profundas a la orilla de la cama. Y mientras comparte con su padre o con su madre ese sentido crucial de la lectura, irá creando también un hábito, es decir, la repetición de unas condiciones particulares de tiempo y de espacio; una atmósfera de introspección y de intimidad que, en lo sucesivo, asociará con la lectura y que quizás se le vuelva una costumbre indispensable para toda la vida.

 

La lectura será parte del ámbito de su intimidad y se convertirá en la brújula de una búsqueda personal a la que quizás los padres ya no estén invitados. En ese momento, su papel será el de convidados de piedra y posiblemente no haya nada mucho qué hacer. Por eso es que la experiencia de leer, en el sentido amplio de dar contexto y sentido, no puede ser postergada hasta que un niño entre en posesión de todas las arbitrariedades de las que está plagado nuestro lenguaje escrito. Quizás si esperamos a que se dé ese momento, sea entonces demasiado tarde…

 

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